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sábado, 20 de diciembre de 2008

La diversión de los amantes

por María Ximena Venturini

Dos días en Venecia
De Adrián Haidukowski
Colección extasy
Paradoxia Libros

Venecia se hunde, se muere, se pudre. Todo aquel que haya tenido el placer (porque de eso se trata) de perderse en su laberinto, entiende esa belleza única -mezcla de furiosa melancolía con decadencia-. No por nada es la ciudad natal de Giacomo Casanova, recordado amante pasional. El escritor, editor y guionista Adrián Haidukowski, autor de Met, el muerto (Sudamericana, 2001) relata con notable destreza una historia de sexo, amor (y claro, muerte) aprovechándose del ambiente onírico que traslada a su texto. Al igual que a Gustav von Aschenbach, perfecto personaje de Thomas Mann, los amantes de la historia también (se) liberan sus más oscuros deseos, llevados por el ambiente carnavalesco (luego de caer en brazos de la ciudad decadente, eligen hacer el amor con máscaras, remarcando el juego a ser otros). Varios personajes son los encargados de hacerlos caer en la tentación: una mujer rubia que ya despierta pasiones ocultas en Renata, un supuesto filósofo, los gondolieri Salvatore y Ricardo, un licor orgásmico, y por supuesto, Venecia. Pero lo más logrado de la nouvelle es, además del ya nombrado ambiente onírico, un ritmo que no para. El autor se sirve de distintas escenas que, siguiendo la mejor tradición erótica, descubren con sutileza los placeres de la carne, llevándonos (como en un orgasmo) cada vez más, al clímax de la historia. Partiendo desde aquel voyeur al cual Renata desea mostrarse desnuda, siguiendo con la hechicera escena de sexo oral en el baño, los gemidos de ella prisionera y por supuesto, la escena final: la masturbación sobre la máscara de la amada, hacen que también el lector acabe electrificado y temblando.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Metano. Walter Iannelli


Metano
Walter Iannelli
Editorial Paradiso. 2008

Por Valeria Tentoni

Walter Iannelli, de 1962, narrador y poeta, nos trae en este, su último libro, diecisiete cuentos cortos. En clave realista, el autor pasea por diferentes ámbitos a sus personajes. Un fin de semana familiar en casa de un amigo, en donde se pone en jaque la noción misma de familia; una concatenación de estallidos a los ojos de un niño; una adolescente –Teresita- que perdura en la mujer de un amigo y no en la matrona con la que duerme Lucho; una pintora que mira el parque como una forma de “guardarlo a perpetuidad, sin dañarlo” en vez de dibujarlo; un cuento policial con dos muertos desde la óptica de un policía que “si pudiera, correría”; un tal Drode, escritor, como fantasma para la construcción de una imagen de literato fracasado; niños jugando a la trampa en la noche; un colectivo para dos; un fotógrafo amateur que deviene en testigo; lo occidental y lo oriental debatiéndose en el consultorio de un chino; la memoria muerta de un Tata; de nuevo un escritor, esta vez un crítico (casi la viceversa de aquel del cuento anterior, la revancha); un gol en el rincón de las ánimas; un círculo de sensualidades truncadas; un periplo feliz sólo para un niño.

Como eje de narración: el vínculo. Uno que va pasándose de historia a historia en formaciones dobles o familiares, desde la óptica ya del vencedor o del vencido, que siempre se abraza a ese elemento como a un péndulo; el de las relaciones entre sujetos.

Gidé y la necesidad de decirlo todo

por María Ximena Venturini





El inmoralista
De bolsillo
$22







El viaje de Urien
Gadir Editorial
$46








El siglo XX fue un siglo de rupturas. Ante diversas re-ediciones del imprescindible autor francés André Gide, como El inmoralista o El Viaje de Urien, no podemos dejar de pensar qué papel ha jugado este autor en la narrativa. Él fue el encargado de quebrar la novela, absolutamente, totalmente, ante la ya tan gastada decimonónica: en 1925, a los 56 años de edad, publica Los monederos falsos. Tildada burlonamente de experimental, Gide expone su sinceridad mostrando su rebeldía metafísica. Sosteniendo que la novela refleja (o debería) la esencia misma del hombre, nos da el concepto gideano de disponibilidad. Estar disponible es poder romper con las convenciones, con todo lo que aprisiona y no deja ser. Literariamente, su ruptura con el naturalismo (con el realismo) demuestra su principal objetivo: mantener las distancias existentes entre arte y vida. Para ello coloca en el centro al protagonista Eduardo, un novelista que escribe una novela titulada "Los monederos falsos" cuyo tema profundo es, será, “la rivalidad entre el mundo real y la impresión que de él nos hacemos” (Gide, 1985, 210). Distanciando a la novela de la realidad, llega a su ideal; “la novela pura”. Se trata, al igual que Valéry en poesía, de despojar al género de todos los elementos ajenos a su naturaleza. En contra de la idea balzaciana de que la novela debía “hacer competencia al estado civil” Eduardo ataca esa idea y designa al genio creador ante todo. Los métodos para lograr el distanciamiento con la realidad son varios: la existencia de múltiples y superpuestas tramas, la composición en abismo (myse en abysme) expuesta en el diario dentro del diario, la ruptura de la linealidad del tiempo, el empleo de las relaciones hiperestésicas y, por último, el concepto de obra abierta. Torbellino, novela en la novela, estética de lo discontinuo…eso y más nos regala Gidé.

jueves, 20 de noviembre de 2008

No basta que mires, no basta que creas.

Por Valeria Tentoni
No basta que mires, no basta que creas.
Edgardo Scott
Editorial Universidad de La Plata
2008



Esta novela de Edgardo Scott (Lanús, 1978), fue prologada por Martín Kohan, quien ya nos advierte acerca de la bifurcación del relato, diciendo que el autor “ilumina cada mundo desde el otro”. Dos personajes; dos conflictos; la síntesis en el título, dando cuenta de ambos universos. Federico, un hombre que tiene la obsesión de perseguir mujeres para mirarlas, y luego intentar tocarlas –rozarlas, apenas-; y Mariana, una joven que comienza a conducirse conforme el horóscopo semanal le indique, inundada por un sentimiento de soledad inenarrable, que busca un eje en aquellas breves líneas que, a modo de directriz, parecen diagnosticarle el camino. La urgencia como elemento unificador en ambos personajes; la insistente puja de dos ánimos entristecidos, la latencia en la búsqueda, la perseverancia obstinada por caminos disímiles, hacia un encuentro. “Dicen que los que buscan matarse comienzan por no dormir” nos cuenta Federico desde su insomnio; “No apueste a que esta calma se mantenga mucho tiempo” le informa el horóscopo a Mariana.

Con un trazo limpio y dinámico, el autor navega la historia desde ese juego de voces, que por momentos dialogan y por momentos parecen hablarle al eco. Es en ese vacío tremendo que logra narrar con destreza, donde nada basta, nada alcanza, y sólo queda aquella urgencia como promesa de llegada, como motor vital.