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miércoles, 4 de marzo de 2009

RASCACIELOS, de Enrique Winter


Rascacielos
Enrique Winter
Literal, Colección Limón Partido
México 2008

Por Valeria Tentoni

Como si alcanzando el cielo, si el cielo fuese algo que finalmente se alzase sobre nosotros y bastase con acercarse, con apenas rozarlo desde un rascacielo para que exista, estos poemas crecen desde el asfalto y se abrazan a la altura, se tuercen en ella como trepadoras, se hacen de espirales y de giros, ocurren en esa altura, germinan. Enrique Winter, chileno, abogado, poeta, se convierte en alpinista de riesgo y escribe "Un muro es un muro aunque le pinten flores...". Y no se vale sólo de la palabra, de la magia precaria que propone una poesía -cualquier poesía-, sino que también se hace de la imagen; ya en el juego de la palabra en el espacio de la hoja, ya en los poemas visuales que completan la obra, o en las páginas que se despliegan porque no sería justo que se quiebre el poema, que se lo fraccione. Y en el rascacielos circulan personajes; Merlina, Lissette, las estudiantes de derecho, la Polaca, Jorge, el Marco con sus cumbias; y todos se conjugan como si cada poema fuese un ventanal, un piso trece omitido en la cuenta, un balcón desde el que los verbos se gritan entre sí, se aúllan. Las escaleras, compartidas e interminables, quizás sean más ágiles que los ascensores a la hora de leer este libro; porque vale aclarar que cada pieza tiene su tiempo, su meridiano, y si bien la hora se da, mansa, en todas las agujas del mundo, no es menos cierto que el tiempo sea una percepción privada.

Los elementos urbanos -bocinazos, el piso sucio, la luz prendida, un cassette, las sillas, las casas- parecen ser observados desde esa altura, desde la terraza en la que un suicida aún se estará decidiendo, y son poetizados con un cincelado casi, una modificación apenas, como si el poeta no quisiese hacer de los objetos más que objetos en una poesía, no permitiese que se le eche encima la poesía a las cosas, las tergiverse; porque basta que algo suceda, basta que algo esté sucediendo, -"...la verdad está sobrevalorada..."- para que los sensores hagan su tarea de metamorfosis, alcanza con nombrar el cielo, para hacerlo pequeño.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Chilean Poetry, de Rodrigo Arroyo

"Las calles vacías nos pertenecen a todos"

Por Valeria Tentoni

Los poemas son "caballos perdidos en el laberinto" de este, su primer libro publicado por editorial Fuga, y si bien en el inicio Arroyo propone aquél desentendimiento con el norte, esta obra pareciera ser casi una oda al encuentro; con la incógnita como eje propulsor, se corre a abrazar a lo político y a lo histórico de un país Chile sobreviviente a la dictadura.

La palabra, el olvido y su memoria; la entrada y la salida en ese círculo, los finales y los principios. Todo como un juego de cronologías -en apariencia- caprichosas, con el efecto final de descubrir el velo hacia una delimitación de mapa poético; "Un mapa es como la sombra de una palabra grande (...) Lo que falta hay que imaginarlo, o escribirlo".

La preocupación por el papel que juega la palabra en este vértice, la duda profunda sobre si es que juega alguno, y entonces sobre qué territorio, demarcado por qué siglas (siglos) y qué batallas (derrotas/ victorias). Entonces, donde le duele que la palabra no sea suficiente, Rodrigo se nutre de su trabajo como artista plástico para decir; para hacer de la cosa símbolo -denuncia. En esta greda, los caballos, las balas, los fusiles, las humaredas, las fisuras, como piezas ocultas de un anagrama, de una continuidad ajedrezada, de cierta intermitencia entre el sentido y el sinsentido -Artaud no ha habandonado su sitio, confiesa-.

En esta tríada; imagen, palabra y silencio, se desencadena el poemario, enhebrado con la piedad de quien conoce lo letal del discurso, y lo hace poesía por eso mismo, porque hay verdades que de otro modo no podrían extirparse de la historia sin golpearnos como aquella manzana en la cabeza, sin erosionarnos el cuerpo como una Hiroshima.

"Quizás el silencio era una pista para hallar la salida de esta hoja,y todos los versos no sean más que lamentos sin sentido"

miércoles, 22 de octubre de 2008

Grunge. Alfredo Jaramillo.

GRUNGE
Alfredo Jaramillo
Editorial Funesiana
2008

Por Valeria Tentoni


Alfredo Jaramillo, neuquino, nacido en 1983, desembarca en la editorial Funesiana con Grunge, un poemario que, como todos los libros de esta editorial comandada por Lucas Oliveira, es de armado artesanal y tirada reducida.

Uno imagina cosas, cree que la literatura es cosa de adultos y no recuerda de qué modo tan poético se llenaba la boca de barro en el jardín de la abuela. Me gustó leer Grunge; me gusta esa poesía no desde un lugar ajeno, obtusamente objetivo, sino porque es la poesía que me gusta leer, sobre toda la poesía existente hoy, “elegida por mí, con soberana voluntad elegida por mí entre todas” –cito a Cortázar porque a mi sí que todavía me parece genial-, esa acidez metálica de la que parece compuesta.

Consiento, si claro, el amor y todas esas mieles en la poesía (¿a dónde irían los melancólicos, si no?) pero me despabila siempre el choque, los tendidos inalámbricos de algidez, el iluminado nocturno de los postes de luz, las voces como de fábula de los quiosqueros (los maratonistas, en Jaramillo, pienso), creo que la poesía como una arquitectura citadina es el único escape a este nido al que vinimos. Pero más allá de su misión de supervivencia, la simpatía –¿estética? ¿está mal si estética? ¿ocio? ¿por qué escribo?- que me genera la poesía, ésta poesía, digo, su poesía, entre ellas, siendo parte de ésta, ésta en este caso: es incorruptible. Y las palabras enhebradas con la cadencia con que las anuda Alfredo Jaramillo, lo rugoso de su tono, lo áspero, de nuevo: lo metálico. Grunge puede sí, erigirse en un compendio de vivencias adolescentes en cuanto a su carga, pero es un desembolso muy adulto de poética.

La Bilis Negra. La primera poesía es completamente preciosa, dulcísima y preciosa. Luego la Venus que echa espumas “con la forma de tu cara”. Más allá escribe, “…y le hablaba a Ana temiendo que su mano engendrara una justa imagen de mí.” El juego que se hace con las formas, con lo material de los gestos. “..Y saber que en ese momento hay alguien, en cualquier rincón, enjuagándose la boca con tus huesos.” Cosas así, tremendamente así.

“…esto no es poesía, es apenas”

Se consigue (curioso) en Mercado Libre